Después de aplicar su táctica de manipulación habitual, notó que mis manos temblaban por la ira y un destello de satisfacción centelleó en sus ojos.
Esas acusaciones eran su táctica habitual. Incluso tras escuchar lo ocurrido, no sentía arrepentimiento, seguía culpando a otros, jamás a sí mismo.
Ese era el macho con quien me había emparejado, con el que había planeado tener hijos y envejecer a su lado. En su interior era frío, despiadado y completamente indigno de confianza.
Aurora ya no pudo co