En ese momento, no siento más que un enorme placer. Empiezo a gemir como una loca, hasta que da una embestida fuerte y se corre dentro de mí. En ese momento, ya no tengo fuerzas. Sale de dentro de mí, se sienta en la bañera y me atrae para tumbarme sobre su pecho.
—¿Te he hecho daño, amor? —pregunta él, con la voz preocupada.
—No, amor —respondo, con la voz cansada, pero satisfecha. —Me ha gustado.
—Lo necesitaba —dice él, con un suspiro de alivio.
—Lo he notado, jajá —digo, riendo.
—Amor —dice