"¿Gio?"
Lolita volvió a sorprenderse al ver que apareció de repente una figura masculina. Era Sergio Tan, el entrenador que todos los días le enseñaba ejercicios físicos. El hombre de gran estatura permanecía firme, como listo para ahuyentar a cualquiera que quisiera hacerle daño.
"Gio, ¿cómo estás aquí?"
El hombre de piel blanca giró la cabeza y dijo:
"Sería mejor que volviera al coche, señorita."
Lolita asintió; no era que tuviera miedo, pero sabía muy bien cuáles eran sus límites. Su condici