Pálido como un muerto, Reginald se dio la vuelta para mirar a su abuela, quien, en ese momento, era la propia personificación de la ira, parecía más bien la imagen de una de las furias de la mitología griega.
—A… abuela… No te había visto —apenas pudo balbucir.
—Eso me lo imagino, porque sino nunca hubieras dado este triste espectáculo, Reginald —le dijo con el rostro serio y formal.
—Lo siento, abuela. Me dejé llevar por la ira.
Reginald trataba de justificarse, pero su abuela era una mujer mu