En el ocaso de sus días, Dave y Amaris encuentran una dicha serena en la compañía mutua. Se sientan juntos en el porche de su hogar, observando el sol sumergirse lentamente en el horizonte. Las arrugas en sus rostros son testigos del tiempo compartido, marcando los capítulos ricos y variados de su vida.
Recuerdan con cariño los momentos de risas y juegos con sus hijos, las noches de consuelo cuando la vida les presentaba desafíos y los días de quietud que se convirtieron en tesoros de su memoria