El silencio que impregnó la sala después de que los sabios se marcharan para tomar su decisión solo fue interrumpido por la figura abatida y sollozante de Jess, que permanecía acurrucada en su prisión.
La rodilla de Minerva se sacudía incesantemente arriba y abajo, un claro indicador de la irritación y la rabia que aún sentía por el comentario de Amanda sobre su madre, así como de los violentos destellos ocasionales de sus ojos, de ese rojo luminiscente tan hermoso como mortífero que significab