Estar debajo de el calor de su cuerpo me hace sentir viva.
Nunca imaginé que Enzo y yo terminaríamos así, ni en mis sueños más húmedos me habría pintado perteneciéndole a un hombre lobo, y, sin embargo, aquí estoy, dejando que haga con mi cuerpo lo que quiera.
Después de darme una pequeña probada del placer que es capaz de ofrecer, nos volvemos a vestir. Sé que él lo hace solo para acompañarme, pero yo sí que me estoy muriendo de frío.
Nos quedamos recostados sobre el tronco caído un poco más.