El suelo no solo tembló; gimió como si la propia isla estuviera siendo desgarrada desde sus cimientos. Grietas atravesaron la arboleda sagrada, brillando con una luz carmesí profunda y primitiva que sangraba desde el abismo debajo de ellos. El aire helado atrapó los pulmones de Gina, pero el hielo que corría por sus venas no tenía nada que ver con la temperatura.
Lucien yacía inmóvil a su lado, su piel volviéndose gris rápidamente mientras las venas negras corrompidas alcanzaban su mandíbula.
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