-Tobias, cámbiate de ropa, vamos a salir -le dijo Garlan un rato más tarde bajando la escalera y habiéndose quitado el traje para ponerse un pantalón negro ajustado y una camisa azul oscuro que arremangaba a mitad de brazo y con los primeros botones abiertos, dejando a la vista la cadena dorada que bailaba sobre su pecho.
Tobias, que se había quedado toda la tarde inmerso en la laptop y en la traducción de lo que le quedaba de los contratos, inclinó la cabeza.
-¿A dónde vamos?
Él sonrió.
-Es un