Nos volvimos los cuatro hacia la muchachita postrada en la nieve. Milo y Mora se acercaban a ella cuando se irguió para sentarse en sus talones y echó hacia atrás la capucha de su manto, revelando su piel y su cabellera blancas y sus ojos purpúreos, tal como hiciera conmigo aquella noche en el bosque.
—Tranquilo, es humana —le dije a Mendel, que llevara una mano al puñal en su cintura.
Los murmullos de la gente se convirtieron en un clamor de repudio e indignación, y comenzaron a insultarla des