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El recibimiento de mi pequeña justificó haberla echado en falta la noche anterior, porque literalmente me tumbó en el jergón para cubrirme de besos y caricias. Su esencia dulce me envolvió, despertando mi deseo en un abrir y cerrar de ojos, y me entregué gustoso al reclamo de su boca, que me enloqueció sin demasiada gentileza, como si compartiera mi urgencia.

—A eso llamo una bienvenida —musité, besando su frente cuando buscó refugio en mis brazos—. ¿Cómo estás, mi pequeña?

—Bien, ahora que regr
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