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Al día siguiente, decidí que la tormenta que aún se demoraba sobre el Valle seguía sirviendo de excusa para quedarme allí con ella. No quería obligarla a estar todo el tiempo con los ojos vendados, y se me ocurrió que sería un buen momento para que comenzara a habituarse a mi presencia como lobo. Confiaba en que tener pelambre negra y ojos dorados como mi padre la ayudaría a perderme el miedo.

De modo que descubrí sus ojos y salí a comer, porque me rugía el estómago. Al regresar, me ec

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