El sonido del mecanismo de la cerradura girando desde el interior de la habitación hizo que Catalina y Javier, que llevaban un buen rato consumidos por el pánico, soltaran por fin un leve suspiro de alivio.
La pesada puerta de madera se abrió lentamente. Mateo salió con el rostro demacrado y los ojos apagados, desbordados de tristeza.
Sin saludar ni siquiera dirigir una mirada a sus padres, que seguían de pie frente a la puerta con expresión angustiada, pasó de largo y se marchó.
—¡Mateo! ¿A dó