¡No puedo creer que haya elegido un camisón como ese! ¡Qué pervertido! maldijo Isabella para sus adentros. Aún sentía el rostro ardiendo mientras apretaba con fuerza el borde de la prenda que sostenía entre las manos.
—Señorita, con su permiso, debo irme a la oficina. Como el señor Liam dejó de lado su trabajo ayer y hoy, me toca quedarme hasta tarde para cubrir todo lo pendiente —se despidió Juan mientras se daba la vuelta, dispuesto a marcharse.
—¡Espera, Juan!
Los pasos de Juan se detuvieron