El aire estaba impregnado de un olor penetrante, mezcla de desinfectante y sangre estancada; una fragancia asfixiante que se clavaba como finas agujas en los pulmones de Karla, haciendo que cada respiración fuera un suplicio.
Karla permanecía de rodillas sobre el cemento gélido, rodeando a Rubi con sus brazos en un abrazo feroz. Parecía una leona herida intentando proteger a su cachorro de un incendio, deseando transferirle hasta el último grado de su calor corporal a la pequeña figura que temb