Alexander observó como ella se alejaba de manera elegante hacia el dormitorio, dejándolo a él con la firme determinación de conquistarla, se moría tanto por volverla a besar y tenerla de nuevo entre sus brazos.
No podía creer lo estúpido que había sido. Pero decidió que era el momento de organizar una intensa campaña de cortejo. Caminó a su despacho, sacó el teléfono y marcó el número de su hija Eletta, pero se encontró con el frío abrazo del buzón de voz.
—¿Dónde te metiste, hija? —se preguntó