Al día siguiente Miranda va a la mansión Ferrer a ver a su hijo, toca la puerta durante horas y no le abren
—¡Déjenme ver a mi hijo!— Chilla, hasta que el chofer de la familia que le tenía mucha estima llega.
—Señora, el señor dio órdenes explicitas de que no se le abra la puerta, si alguno desobedece quedamos sin empleo, lo siento mucho, la única forma que usted vea al niño es que hable con el.— Sugiere.
— Gracias señor Homero.— Responde ella, con la voz temblorosa, no piensa darse por vencida,