El chico se arrodilla frente a mí, su mirada baja, su rostro pálido y lleno de dolor. Puedo sentir su rabia y su tristeza, pero también su respeto y su sumisión.
Miro sus manos, cerradas en puños, y sus rodillas, dobladas en una posición de sumisión. Su postura es de derrota, pero su mirada aún tiene un destello de fuego.
—Levántate —digo, mi voz firme pero controlada.
El chico se levanta, su mirada aún baja. Puedo ver las lágrimas en sus ojos, pero no las deja caer.
—Mira hacia mí —ordeno.
El c