—Entonces quítate el suéter —ordenó.
Pero ella se sentía tan débil que no podía moverse del sitio, ahogándose en una dulce anticipación.
—No —sonrió él—. ¿Así que vas a desafiarme, Vivian? ¿Vas a obligarme a desnudarme para ti?
Los papeles se habían invertido y, sin decir palabra, ella asintió, observando con una excitación insoportable cómo él se quitaba el suéter y lo tiraba a un lado, para luego desabrocharse el cinturón de sus vaqueros negros, sin apartar la mirada de su rostro.
Se quitó lo