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Qué tranquilidad, pensó, cuando no había nada de tranquilidad en el hombre que seguramente había mandado colocar la piscina y a la diosa allí.

—¿Qué te parece? —preguntó él, sentándose a su lado, recostándose y estirando sus largas piernas—.

—¿Y la casa? Ya debes saber que es preciosa —dijo Vivian.

—La compré el año pasado a un conocido de negocios que necesitaba dinero urgentemente —comentó con naturalidad—. La idea era venderla, pero el mercado inmobiliario actual me hizo decidir conservarla
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