CAPÍTULO DOSCIENTOS CINCUENTA Y OCHO: UN CASTIGO INESPERADO.
POV AMELIA.
Mi corazón dio un salto cuando escuché las palabras de Magnos. ¿Castigo? La lechuga, que ya era difícil de tragar, se quedó atorada en la garganta y necesité un sorbo de agua para pasarla. Estaba bromeando, ¿cierto? Solo podía estar bromeando.
— Magnos... — comencé, lanzándole una mirada esperanzada, pero él solo sonrió de esa manera malvada y encantadora que siempre me erizaba la piel.
— Termina tu comida, querida — dijo con voz suave, pero había un brillo en sus ojos que me hizo