El estruendo de los huesos rotos aún resonaba en las paredes del abismo, pero el silencio que siguió fue mucho más aterrador.
Silas Vane, en su repugnante forma de Abominación, retorcía su cuerpo en el suelo como un insecto cuyas alas acababan de ser arrancadas.
Su pata de lobo rota derramaba un líquido negro y espeso que quemaba las rocas a su alrededor.
Sin embargo, el centro de gravedad de este horror ya no recaía en el traidor moribundo, sino en la pequeña figura que se mantenía de pie e