El cielo sobre el Bosque Prohibido ya no era solo oscuro; estaba hendido en dos. Las nubes negras que antes cubrían la tristeza de Aria se partieron de repente por líneas de luz dorada cegadora. No era el amanecer, sino la manifestación de la ira divina.
Alaric, el Monarca Solar, había llegado. Su presencia en el horizonte parecía un segundo sol cayendo sobre la Tierra, llevando una aura de calor capaz de evaporar el agua en un instante.
Allí abajo, en el borde del cráter que aún exhalaba humo