Marisol la encontró a las seis cuarenta de la mañana.
Bajó las escaleras antes que nadie de la manera en que siempre bajaba, moviéndose por su propia cocina con la facilidad particular de alguien que ha vivido en un espacio durante suficiente tiempo para no necesitar mirarlo para navegarlo. Fue al mostrador a empezar el café. Alcanzó su taza.
No estaba ahí.
Se quedó parada un momento. Miró el mostrador. La taza había estado ahí desde la primera mañana, la blanca con la mella en el borde, la que