capitulo 23

La caída de Ernesto Valdemar y el desmantelamiento fulminante de los últimos reductos de la aristocracia que se atrevió a conspirar contra nosotros no tardaron en convertirse en el secreto a voces más aterrador de Cartaluz. En cuestión de días, las puertas que antes se cerraban con desdén ante mi nombre se abrieron de par en par, transformando el desprecio inicial en un pánico reverente y desesperado. La alta burguesía de la ciudad había comprendido, por las malas, que tocar a la esposa de Rafael Cisneros equivalía a firmar su propia sentencia de extinción financiera y social.

El escenario de esta rendición colectiva fue la gran gala estival en los jardines del Palacio de Aranjuez, un evento exclusivo donde las familias más rancias de la región competían por el favor de los grandes magnates. Bajo condiciones normales, los organizadores habrían evitado a toda costa la presencia de alguien con mi pasado reciente. Pero las reglas del juego ya no las escribían ellos; las dictaba el hombre que caminaba a mi lado, enfundado en un impecable esmoquin negro que acentuaba su porte de depredador implacable.

Llevaba puesto un vestido largo de alta costura confeccionado en satén de seda color burdeos, con un pronunciado escote en V y una abertura lateral que dejaba al descubierto mi pierna con cada paso. Al cuello, la gargantilla de brillantes reflejaba las luces de las lámparas colgantes que iluminaban los senderos de los jardines palaciegos.

Cuando atravesamos las puertas principales del recinto, el bullicio habitual de la alta sociedad pareció contraerse en un susurro unánime. Los rostros de los invitados, otrora altivos y altaneros, palidecieron visiblemente al reconocernos. Las copas de champán se detuvieron a mitad de camino hacia los labios y las conversaciones murieron en seco.

—Mira cómo tiemblan, Vanessa —murmuró Rafael con su voz ronca y magnética, inclinándose ligeramente hacia mi oído mientras su mano derecha se ceñía con una firmeza posesiva a la curva de mi cintura—. Hace unos meses cuchicheaban a tus espaldas creyendo que eras un estorbo prescindible. Hoy darían la mitad de sus fortunas con tal de que cruces una mirada de aprobación hacia ellos.

—Temen al monstruo que creaste, Rafael —repliqué en un tono sereno, sosteniendo su mirada oscura antes de barrer el salón con una elegancia glacial—. No a mí.

—Se equivocan —respondió él con un gruñido bajo y posesivo, pegándome aún más a su cuerpo a través del delicado satén del vestido—. No temen al monstruo. Te temen a ti, porque saben perfectamente que eres la única capaz de decidir si los dejo en la calle o les permito seguir respirando en este país.

Apenas habíamos dado unos pasos sobre la alfombra blanca que conducía al centro de los jardines cuando la primera figura de la aristocracia local se adelantó con una sonrisa temblorosa y una copa de cristal sostenida por dedos visiblemente nerviosos. Era el conde de Alvear, un magnate inmobiliario octogenario cuya familia había gobernado los consejos de administración de Cartaluz durante generaciones.

—Don Rafael... qué honor tan inesperado tenerlo aquí —balbuceo el conde, inclinando la cabeza con una servidumbre impropia de su estirpe antes de girar sus ojos hacia mí con una reverencia exagerada—. Doña Vanessa... su presencia ilumina esta noche de una manera excepcional. Permítame expresarle mis más sinceras disculpas si en el pasado la etiqueta de nuestra sociedad no supo estar a la altura de su elegancia.

La hipocresía goteaba de cada una de sus palabras, pero el terror que latía tras sus pupilas era absolutamente genuino. Sabía perfectamente que sus filiales inmobiliarias dependían de la inyección de capital que los fondos de inversión de Rafael controlaban de manera indirecta.

Me detuve, sosteniendo mi copa de champán con absoluta calma, y lo miré desde la altura de mi nueva dignidad. Ya no quedaba rastro de la chica insegura que agachaba la cabeza ante las burlas de Mateo.

—Las deudas del pasado se pagan al contado, conde —respondí con una voz suave, helada y cortante que hizo que el anciano tragara saliva con dificultad—. Y a veces, el saldo es demasiado alto para liquidarlo con simples palabras de salón.

El conde palideció aún más, asintiendo con torpeza mientras retrocedía un paso, incapaz de sostener la intensidad de mi mirada.

A su alrededor, el resto de los asistentes comenzó a moverse como un enjambre sumiso. Empresarios de la banca, herederos de fortunas industriales y damas de la alta burguesía que antaño me negaban el saludo se abalanzaron de manera sutil, buscando la oportunidad de congraciarse con nosotros, ofreciendo invitaciones exclusivas, felicitaciones vacías y sonrisas de cortesía ensayadas mil veces frente al espejo. Cada uno de ellos intentaba comprar el favor de Rafael a través de una reverencia hacia mí.

Mientras caminábamos entre la multitud que se apartaba respetuosamente a nuestro paso, una punzada sutil volvió a cruzar mi conciencia. Todo aquel poder, toda aquella corte de hipócritas humillados y arrodillados ante mi nombre, era el producto directo de la guerra que Rafael había librado en las sombras. Cada pieza del tablero se había movido con precisión quirúrgica para aislarme, destruirme y reconstruirme como la reina indiscutible de su imperio.

—¿Te pesa la corona, Vanessa? —preguntó Rafael de repente, deteniéndose junto a una fuente de mármol barroco que separaba el jardín principal de los cenadores privados, lejos de las miradas curiosas. Su rostro denotaba una tensión sutil, la única debilidad que se permitía cuando se trataba de calibrar si su obsesión había ido demasiado lejos.

Me giré por completo hacia él, apoyando una mano en la solapa de su esmoquin y mirando fijamente la negrura insondable de sus ojos.

—Me pesa saber que cada enemigo que se arrodilla ante mí lo hace porque tú quemaste el mundo para obligarlos a hacerlo, Rafael —admití con un susurro que desafiaba el murmullo de la música lejana—. A veces me pregunto si de verdad existió alguna casualidad en nuestra historia, o si mi vida entera no ha sido más que el capricho milimétrico de tu mente calculadora desde el día en que nos conocimos.

Rafael guardó silencio. Su mandíbula se marcó con fuerza, y por un instante, la máscara del magnate infalible pareció resquebrajarse ante la crudeza de mi pregunta.

—No hay casualidades para los hombres que lo han perdido todo y deciden construir un imperio desde las cenizas, Vanessa —respondió con una voz ronca, baja y desgarradora que hizo que el aire entre nosotros se volviera denso—. Sí, diseñé tu rescate. Sí, manipulé los hilos para que el idiota de mi hermano te tratara como basura, porque sabía que de otro modo nunca habrías visto la verdad. Pero te juro que cada gota de sangre que derramé en el proceso, cada enemigo que aplasté y cada trono que te entregué lo hice porque desde el primer segundo en que respiraste en mi órbita, supe que preferiría quemar el planeta entero antes de verte sonreír para otro hombre.

Las palabras resonaron con la fuerza de un decreto absoluto. Ya no había misterios que ocultar ni dudas que esconder bajo la alfombra de nuestra opulencia. La verdad de su obsesión era tan aterradora como magnética.

Una chispa salvaje y febril encendió de inmediato las pupilas de Rafael. La tensión de la fiesta, las reverencias fingidas de la burguesía y el eco de los enemigos vencidos se evaporaron de golpe, reemplazados por el fuego de una necesidad incontrolable.

—Se acabó la farsa por esta noche —siseó Rafael en mi tono más gutural, tomando mi mano con firmeza y arrastrándome con paso decidido hacia las sombras de los cenadores privados del palacio, donde la alta sociedad no se atrevía a interrumpir—. Quiero que me recuerdes a quién perteneces, reina mía.

Sin darme tiempo a responder, me empujó suavemente contra la pared de piedra cubierta de yedras del cenador más apartado, protegiéndome de la vista de los invitados con su imponente cuerpo. Sus manos grandes y ásperas tomaron mi rostro con una posesividad deliciosa, y sus labios capturaron los míos en un beso devastador, hambriento y profundo que barrió el último rastro de pensamiento racional en mi cabeza.

El sabor a champán y a peligro se mezcló en el aire mientras sus dedos expertos descendían por la cremallera del vestido de satén burdeos, abriéndolo con una urgencia febril hasta dejar al descubierto la piel caliente de mis hombros y espalda. El contraste entre la elegancia formal de la gala y el salvajismo de su deseo encendió una hoguera incontrolable en mi interior.

—Rafael... estamos en una fiesta pública... —jadeé contra su boca, sintiendo que las piernas me temblaban ante la fuerza de su dominio.

—Que miren si se atreven —gruñó él contra mi cuello, trazando un camino húmedo y ardiente de besos que me hizo arquear la espalda con un gemido ahogado—. Nadie tiene derecho a respirar en este jardín sin mi permiso. Demuéstrame que este imperio entero no vale nada comparado con lo que somos tú y yo.

Sus manos se deslizaron con una maestría implacable por mis caderas, levantándome en vilo mientras mis piernas se enredaban instintivamente en su cintura. En la penumbra del cenador, rodeados de las sombras del palacio y con el eco de la burguesía temblando a pocos metros de distancia, nos entregamos al abismo de nuestra pasión.

Cada roce, cada latido y cada gemido sofocado contra sus labios sellaron la verdad definitiva de nuestro destino: ya no importaba si el pasado fue una coincidencia o el cálculo milimétrico de un dios de los negocios; éramos los soberanos absolutos de un reino construido con obsidiana, fuego y una devoción tan oscura que ninguna ley humana podría destruir jamás.

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