Luciana, saltó de la cama con una sonrisa enorme y se perdió en dirección al cuarto de baño. Emely, salió hasta llegar a la cocina y encontrarse con una alegre Liliana, que terminaba una jugosa limonada y unos panecillos en una bandeja.
—Madre, la niña almorzará.— le dijo en tono dulce.
—Eso es maravilloso. No había podido lograrlo. Sigues haciendo maravillas, pero vamos, relaja el ceño que me preocupa —dijo caminando hacia la sala y dejó todo sobre la mesa.
—A mí me preocupa la niña, me ha dic