Entro a la casa casi como si fuese un ladrón dadas las horas que son, y con mucho cuidado para no despertar a los padres de Haizea, voy a mi cuarto. Al entrar, la veo a ella abrazada a la almohada completamente dormida. No pudo evitarlo y me acerco a ella para después agacharme y acariciar su rostro.
—Te amo alma mía, y te prometo que todo lo que hago es por ti y por nuestro bebé —expreso bajito, pero al parecer no lo suficiente para que ella no se despierte.
—Regresaste —susurra y acaricia mi