—¿Qué?
Es ahora Siena quien pregunta.
—¿Me llevas a caballito? —repita la niña, esta vez con más claridad, pero con la misma expresión dulce y sus ojos brillantes de cachorro.
Siena reacciona casi por instinto.
—No, mi amor, yo puedo llevarte —se adelanta, inclinándose un poco para ofrecerle la mano—. Ven, yo te cargo ¿de acuerdo?
Pero Victoria no se mueve hacia ella. En cambio, suelta su mano y mira a Franco con aún más insistencia, como si temiera que él dijera que no.
—Yo quiero que él me lleve —murmura bajito, pero lo suficientemente claro para que ambos adultos la escuchen—. ¿Puedes? Te prometo que no peso…mucho.
El rostro de Siena se tensa ante la negativa de Victoria a que ella la lleve y su insistencia hacia Franco . No es enojo. No es molestia. Es… una mezcla de nervios, vergüenza y temor a que Franco se sienta incómodo o bajo obligación.
—Victoria —intenta con una voz más suave pero igual de insistente—, yo estoy, mi amor. Yo puedo—
Pero Franco está a mitad de camino para a