SARA.
Mi agitación quemó mi garganta.
Había dejado de escuchar mi nombre en la boca de Adam desde hacía unos minutos, y me apresuré a tomar un taxi, que casi me atropelló.
Puse la mano en mi cuello para controlarme un poco, y el hombre me miró por el retrovisor frunciendo el ceño.
—¿Señorita…?
—A la estación de tren, por favor…
—¿A esta hora? —sus manos tomaron el volante, cuando un hombre le pitó con fuerza—. Es un poco peligroso…
Limpié las lágrimas que me brotaban cada nada y luego asentí.
—