SARA.
—¡Por el amor a Dios! ¿Dónde demonios estabas? —sentí cómo mi madre me sacudió con fuerza mientras intenté pasar el trago.
—Estaba en casa de Lisa… —una abofeteada fue estampada en mi mejilla, y no pude evitar que las lágrimas se escurrieran.
—¡Mentirosa! —ella gritó con fuerza con toda la histeria que la dominaba en el momento, y yo caí en el sofá, mientras mis piernas se apretaron.
Aún sentía la sensación de ardor y presión en mi parte íntima, incluso ese dolor que me invadió, hizo que