EMMA.
Había escuchado que las motivaciones eran esenciales para cualquier mujer, pero si la mía era esa que estuvo rondando en mi cabeza durante las siguientes horas, junto con la mirada de ese hombre oscuro, me estaba condenando en las pailas más ardientes.
Y ni siquiera tenía derecho de quejarme.
Tomé la tarde para ir a un estilista, pintarme las uñas y realmente se sintió maravilloso...
Al siguiente día, cuando estacioné en el sótano de la empresa, apagué el motor y me miré por el retrov