EMMA.
Era lunes por la mañana cuando había terminado la tercera sesión del juzgado, y solo pude apretar mi cuello cuando llegué a la oficina, y me senté en la gran silla de Noah para encender su computadora.
Me dolía un poco la cabeza de escuchar la sarta de mentiras con las que Jhon alegó todo, y aun su mirada fría como si me dijera que tenía un plus para finalizar.
No sé por qué me sentía extraña en esta etapa. Tal vez era porque iba a cerrar un ciclo muy importante en mi vida, y aunque estab