—No digas nada, hija. Sé que han estado trabajando duro y necesitan desconectar. Nosotros ya no estamos para esos viajes, pero ustedes… Ustedes deberían aprovechar y disfrutar.
Alan se inclinó ligeramente en su silla, su rostro no reflejaba emoción alguna, solo una mirada seria. Ale lo miró, con esa mirada fue suficiente para que él entendiera lo que ella le decía; respira. Es que Ale notó la tensión en su mandíbula, los puños cerrados. Era más que obvio que las palabras de su madre, aunque am