Al menos conservaba su orgullo intacto. Sebastian no tenía ni idea de que ella se había enamorado perdidamente desde aquella primera sonrisa; Camille se consoló con esa pequeña esperanza. Si hubiera tenido un mínimo de sensatez, claro, pensó con tristeza, habría salido de nuevo por la puerta aquel primer día, pero más vale tarde que nunca, decidió, palmeando la carta reimpresa que guardaba a buen recaudo en su bolsillo.
Aunque ahora no lo pareciera, Sebastian le había hecho un favor: ya era hor