Luego de bajar de la rueda de la fortuna, Taylor y Roger salieron del parque de atracciones para dirigirse a otro, el cual se encontraba a unos treinta minutos.
Al llegar, no perdieron el tiempo y subieron a los juegos mecánicos sin vacilar. En esta ocasión, el malestar de Roger no se hizo presente, por lo tanto, fue capaz de gozar de las atracciones sin mareos ni náuseas.
Tras probar cada juego, permanecieron caminando por el sendero en medio de las casetas hasta que, a lo lejos, Taylor notó