Volvió a reír. A ella le encantaba esa risa. Era deliciosa. Como chocolate caliente sobre helado de vainilla. Pero no iba a cometer otro error y decírselo. Una parte de ella quería ir despacio esta vez, por si acaso él decidía de repente que lo que estaban haciendo estaba mal.
No le parecía mal en absoluto. Esperaba que él también se diera cuenta.
Tenía razón. Hablar por teléfono había liberado sus inhibiciones de una forma que la habría sorprendido, si hubiera tenido tiempo de sorprenderse.
—¿