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Llevaba puesto uno de esos pijamas que su madre siempre les compraba a sus primos para Navidad, pero nunca había visto ninguno de ellos en ese tono rosa pálido, ni tan transparente.

Sus pezones se marcaban a través de la tela, y la única forma en que un hombre no se hubiera dado cuenta era si estuviera muerto. Y Asher no estaba muerto. Desde luego que no, a juzgar por cómo se le estremecía el pene mientras la miraba.

Eran del color de la canela, el mismo color que habían aparecido en sus sueños
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