Una novia desobediente.
El padre ruso enarcó una ceja. Nadie en el mundo se atrevía a regañarlo. El podía hacer lo que se le viniera en gana, pero con sus hijos presentes debía dar el mejor ejemplo posible por qué no eran solo un par de ojos los que lo observaban. Eran tres.
— Yo siempre me termino toda mi comida. Es solo que no tengo mucho apetito. Preferiría que pasáramos directamente al masaje.
Los niños se quedaron viéndose el uno al otro. Lo que su padre pedía no era lo que habían acordado.
— Papá, no pu