Adele todavía no había terminado su turno. Esta vez: de noche. Era más silencioso el lugar cuando el sol caía; se vaciaba de visitantes y de pacientes ambulatorios. Sus niños estaban dormidos ya y ella iba de cama en cama inspeccionando signos vitales, los monitores de las máquinas. Algunas emitían un sonido, un pitido suave que se transformaba en la banda sonora de sus sueños.
El jefe de enfermeras del turno nocturno se le acercó mientras tomaba nota de los datos.
- Adele… Hay un hombre esperá