La mirada de Cecilia se posó desde el rostro de Bosco, que fruncía el ceño con fuerza, por encima de los nudos de su garganta que se revolvía violentamente y de su pecho que subía y bajaba con rapidez, y finalmente se posó en alguna parte.
Estaba ligeramente de lado, por lo que no se veían curvas evidentes, pero se notaba por el sonido áspero y reprimido de su voz que no se encontraba muy bien en ese momento.
Cecilia enarcó una ceja hacia él con suficiencia: —te lo merece, aguántate.
Después de