Cecilia seguía sentada sin moverse, Diana ya había saltado a la mesa de al lado para arrastrar al hombre, —Héctor Quintana, ¿no habíamos acordado que preguntaría?
Héctor apartó la mano de Diana, se sentó al lado de Cecilia: —es más sincero hacerlo yo. Bueno, puedes irte.
Diana lo miró maliciosamente: —¿por qué no sales al principio?
—No lo entiendes, si siempre aparezco delante de ella, va a molestarle.
—¿Y sabes por qué era popular la carta de amor?
—¿Por qué?—
—No da vergüenza si es rechazado,