—Cierra los ojos, Mía —me pidió Kyler en un susurro en cuanto detuvo el auto. Su voz era una magnética mezcla de dulzura y misterio—. Confía en mí.
Exhalé un suspiro, dejándome llevar. Con sumo cuidado, él deslizó una venda de seda sobre mis ojos, asegurándose de que no pudiera ver nada, y luego depositó un tierno beso en el dorso de mi mano. Escuché el motor del vehículo encenderse de nuevo y, tras un breve recorrido que me pareció eterno por la falta de visión, se detuvo por fin. Los nervios y