Dominic Scott
Estaba mirando la ventana del quinto piso con sangre en los ojos.
No literalmente, claro. Pero por dentro, ardía. La veía a través del vidrio ahumado de la oficina de Leonardo — Stella, tecleando en un ordenador, el cabello recogido en un moño bajo, la blusa de seda blanca que yo mismo elegí para ella. Estaba allí, a pocos metros de mí, trabajadora, concentrada.
Y no podía apartar la vista.
No eran celos. Claro que no. Ella ni siquiera era mi prometida de verdad. Era un contrato.