El ambiente dentro de la casa deshabitada era sofocante. Las ventanas cubiertas de polvo dejaban pasar solo tenues rayos de luz, proyectando sombras irregulares que parecían moverse con vida propia. Alison estaba sentada en una vieja silla de madera, sus muñecas atadas con fuerza tras el respaldo, y sus tobillos asegurados con aquellos grilletes metálicos. Su respiración era entrecortada; no sabía si era por el miedo, la incomodidad de la posición o la angustia por su bebé.
El pánico la invadía