El silencio en el auto era opresivo. Zane apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaban blancos, su mandíbula estaba rígida y su mirada fija en la carretera. Alison, sentada en el asiento del copiloto, lo observaba de reojo. Sabía que intentar calmarlo sería inútil, pero tampoco estaba dispuesta a dejarlo solo en este estado.
Sin apartar los ojos del camino, Zane extendió una mano y la colocó sobre el muslo de Alison. Era un gesto automático, casi posesivo, pero lleno de una