El aire en la oficina se sentía espeso, estaba cargado de una niebla de lujuria abrumadora, pero se sentía algo más que simple calor. Alison estaba sobre el regazo de Zander, sus piernas envolviéndolo con la misma intensidad con la que sus miradas se entrelazaban. Había un juego de fuerzas invisibles, una lucha de voluntades entre el hombre dominante y la mujer que, a pesar de la incertidumbre, no se apartaba.
Zander mantenía sus manos firmemente en su cadera, sus dedos rozando entre la tela de