El callejón era mi iglesia, y esta noche estaba listo para la comunión. El olor a orina y basura podrida era mi incienso.
Le di una patada al contenedor de basura, el ruido metálico resonó como una campana de cena estropeada. Otra noche, otro turno sirviendo whisky carísimo a hombres que creían que mi sonrisa era una invitación a manosearme el trasero.
Todavía se me erizaba la piel por el toque invasivo del último imbécil.
Y entonces lo vi.
A él.
Apoyado en ese coche negro ridículamente caro, c