La lluvia caía sin descanso sobre el viejo faro.
El viento se colaba por las ventanas rotas y hacía temblar los pocos cristales que aún permanecían intactos. Con cada ráfaga, las paredes parecían gemir.
Entonces, un ruido de pasos resonó en lo alto de la torre.
Todos levantaron la cabeza.
Una silueta permanecía allí, inmóvil, sumida en la oscuridad.
Nadie podía distinguir su rostro.
Ni siquiera Richard Coleman sonreía ya.
Su expresión había cambiado en un segundo.
—Tú... —susurró.
El hombre com