El nombre resonó entre las paredes del viejo faro.
—Samuel...
El silencio cayó de golpe.
Richard Coleman se quedó inmóvil. La sonrisa de satisfacción que había llevado en el rostro desde el principio fue desapareciendo poco a poco, como si acabara de ver un fantasma.
Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada.
Un hombre avanzaba lentamente desde la oscuridad.
Su largo abrigo negro estaba empapado por la lluvia. Los años habían marcado su rostro, pero no habían debilitado la firmeza de su