Durante un largo momento, no pude moverme.
El video se repetía en mi mente una y otra vez. Alexander Whitlock sentado en ese elegante sillón de cuero, con los ojos fríos y tranquilos, como si no acabara de hacer explotar su propia empresa. No huía del fuego. Estaba en medio de él, bebiendo whisky como si fuera una tarde cualquiera.
Y había dicho mi nombre. No literalmente, pero no hacía falta. El mensaje era claro.
Tu jugada, Elara.
No era una advertencia. Era una invitación.
Damien volvió a ca